El trabajo es una actividad humana de gran complejidad y en la que influyen múltiples dimensiones y elementos dinámicos en continua interacción y movimiento. La historia del trabajo ha estado siempre caracterizada por el conflicto social y por fenómenos de exclusión caracterizados por la injusticia social y la segregación. Además, las graves diferencias mundiales en cuanto a acceso a fuentes básicas del bienestar producen una estructuración social caracterizada por una pobreza extrema en determinadas zonas geográficas que contrasta con el derroche en otras. Igualmente, la distribución de la renta y el acceso a bienes y servicios se configura con alta tasas de desigualdad, elementos claves para la definición del bienestar psicosocial y elementos de vulnerabilidad para la enfermedad mental.

Actualmente, en las sociedades tecnológicas avanzadas se están produciendo drásticas reconfiguraciones de las estructuras ocupacionales y de las clases sociales derivando en nuevos fenómenos de exclusión. (Tezanos, 2001). (Martínez García, 2013)  Estas estructuras y fenómenos de carácter antropológico influyen negativamente sobre las siguientes condiciones necesarias para la salud y el bienestar: la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, la renta, un ecosistema estable, la justicia social y la equidad y que, además, han sido publicados y promovidos desde hace décadas por las instituciones internacionales. (ONU, 1986)

El tipo de desarrollo profesional y la inclusión laboral no se distribuyen de manera aleatoria sino que son factores que están asociados a la posición social de origen y la configuración de oportunidades a lo largo de la trayectoria vital. Por lo tanto, podríamos incluso plantear como la desigualdad se fundamenta en cuestiones de carácter ilegitimo y fundamentadas en criterios estructurales de injusticia social y ocupacional.
Disponer de un puesto de trabajo tiene un papel central en la vida de la mayoría de las personas ofreciendo beneficios que incluyen la identidad ocupacional y social elementos vinculados a la posibilidad de estructurar y ocupar el tiempo de manera significativa, a través de la participación y a la actividad productiva. Estos elementos son fundamentales para la construcción del sentido de personal logro y de pertenencia social. (Shepherd, 1989) (Perkins, Grove, Boardman, & Shepherd, 2003) (Sánchez, Polonio, & Pellegrini, 2013)

Podemos entender que el trabajo puede aportar diferentes dimensiones asociadas al bienestar mental:
•    Definición de una estructura temporal y rutinas diarias predecibles,
•    Contacto social y establecimiento de vínculos afectivos y de identidad añadidos a la red primaria,
•    Participación productiva social que otorga la integración de un logro públicamente aceptado y valorado,
•    Empoderamiento patrimonial que permite la autogestión para acceder a bienes, productos y servicios.

Sin embargo, la configuración de los elementos asociados al trabajo puede ser fuente de malestar mental. El estrés laboral constituye una de las amenazas para la salud de las personas y, paralelamente, para la salud de las estructuras y organizaciones empresariales.
Parecía que la globalización y la interdependencia habían abierto nuevas oportunidades para el crecimiento de la economía mundial y para el desarrollo igualitario. Si bien, el proceso de globalización ha producido una fuerza dinámica de crecimiento, las condiciones del empleo y del mercado laboral han cambiado drásticamente en las últimas dos décadas.

Vemos como se están poniendo en riesgo elementos clave para el bienestar psicosocial y profesional como pueden ser el acceso a un salario digno para acceder a servicios básicos del bienestar; disponer de una estabilidad contractual que permita una predicción y planificación de otros elementos vitales relevantes (acceso a vivienda, tener hijos, etc.); integración en organizaciones empresariales estables y predecibles que permitan un entorno de actuación seguro; procesos de trabajo asociados a la cualificación y competencia personal, sin desajustes extremos persona-puesto; relaciones sociales en el contexto de trabajo caracterizadas por vínculos de apoyo que aporten estímulos relacionales.

Algunos de los elementos clave en estos cambios han estado asociados al aumento de la automatización y la rápida aplicación de las tecnologías de la información. Además, los trabajadores y trabajadoras de todo el mundo se enfrentan a nuevos modelos organizativos, estructuras empresariales dilatadas, procesos de trabajo con mayor demanda competencial, incremento de los factores de incertidumbre y reducción de la seguridad psicosocial.

Los problemas de salud mental están relacionados con privación, la pobreza, la desigualdad y con otros indicadores sociales, ocupacionales y económicos y, por lo tanto, las crisis económicas son de alto riesgo para el bienestar mental de la población y de las personas afectadas y sus familias. (World Health Organization, 2011).

Así la Organización Mundial de la Salud expone como los trastornos mentales y el suicidio son más comunes en las zonas con relevante marginación socioeconómica, fuerte fragmentación social y altas tasas de desempleo (Rehkopf DH, 2006). La mayor vulnerabilidad mental y psicosocial de las personas desfavorecidas pueden explicarse por factores tales como la experiencia de la inseguridad y la desesperanza, falta de educación, el desempleo, el endeudamiento, el aislamiento social y la precariedad en cuanto al acceso a una vivienda.
Además, podemos concluir como la tendencia de las demandas ambientales y de los procesos de trabajo implica una mayor exigencia  en las competencias sociales y competencias cognitivas, elementos vinculados con los dominios de salud mental y, por lo tanto, producen una mayor complejidad para trabajadores y trabajadoras afectadas de una enfermedad mental.

Las consecuencias de los problemas de salud mental en el lugar de trabajo pueden estar asociadas a varias dimensiones (Crown, 1995) entre las que destacamos el absentismo (ausencia total o parcial, duradera o temporal); salud mental (depresión , estrés, burnout); salud física (presión arterial alta, enfermedades del corazón, úlceras, trastornos del sueño, erupciones en la piel, dolor de cabeza, cuello y dolor de espalda, baja resistencia a las infecciones); rendimiento en el trabajo (reducción de la productividad y la producción, aumento de las tasas de error, ineficaz toma de decisiones, deterioro en la planificación y control del trabajo); actitud del personal y el comportamiento (pérdida de motivación y compromiso, burnout, ineficacia en la productividad, rotación del personal); relaciones sociales (tensión y conflictos, mala relación con los clientes, aumento de problemas de disciplina)

Los costos de la mala salud mental para las personas afectadas, los empresarios y la sociedad son enormes, estando en cifras que giran en torno al  3% y 4% del producto interno bruto en la Unión Europea (OECD, 2011). (World Health Organization, 2008) Se establece que entre un tercio y la mitad de todas las nuevas prestaciones de invalidez son por razones enfermedad mental, y entre los jóvenes adultos la proporción va hasta más de 70%.

Este panorama de costos sociales y económicos, nos debe permitir analizar su complejidad y, por lo tanto, valorar la necesidad de diseñar estrategias que permitan definir un nuevo paradigma y modelos de práctica eficientes dirigidas a definir acciones para fortalecer la salud mental en el mercado de trabajo y sus organizaciones y definir acciones para fomentar el desarrollo profesional y la inclusión de las personas con enfermedad mental en el empleo.

 

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